Una gran persona

diciembre 17, 2009

Un día llegué a almorzar a mi casa del colegio, eran casi las dos de la tarde y el día estaba soleado. Me sorprendí al encontrar en la puerta un perro pequeñísimo, que apenas se movía y no emitía sonidos; si no fuera porque estaba sentado y tenía los ojos abiertos y tristes (había sido recién separado de su madre) hubiera pensado que estaba muerto. “Alguien vino a botar este perrito…”, me dije y entré a la casa sin darle muchas vueltas. En la mesa mi mamá me comunicó que el de la puerta era nuestra nueva mascota, un nuevo pastor alemán que ocuparía el lugar que dejó el viejo Toqui, muerto de cáncer (una muerte muy dolorosa que me tocó ver y sufrir) meses atrás.

La verdad no era 100% pastor alemán, algo de kiltro tenía, yo diría que entre un 15% y un 20%. Las primeras noches durmió dentro de la casa, y cuando ya estaba algo crecido debimos acostumbrarlo a quedarse en su lugar, el patio. Para qué les cuento las pataletas que hacía, gritaba y lloraba cada noche, esta raza es bastante escandalosa y destructiva en su juventud.

Un día mi mamá, en el estilo autoritario que la caracteriza y que hizo inevitable que mi lado rebelde se desarrollara, nos informó que el nombre del perrito era Lucas. Yo me opuse por encontrarlo mamón y además porque ya había decidido llamarlo Caco, dada su predilección a comerse cualquier cosa que saliera de su cuerpo.

Con el tiempo se fue haciendo parte importante de la familia y de los amigos, cada espécimen y energúmeno que pasó por la sala de ensayos de mi patio (la Tumbahouse) compartió y jugueteó con Lucas (finalmente terminé aceptando ese nombre). Cuando lo sacaba a pasear era muy difícil controlarlo al principio, tiraba de la cadena tan fuerte que casi me botaba al piso, yo respondía con fuertes tirones que me dolían en el alma, pero no había otra forma de educarlo, finalmente se comportaba y andaba a mi ritmo. En lugares más abiertos y con menos gente, como la playa o el trigal, le quitaba la cadena y él perseguía a olas y vacas por igual, ladrando y corriendo, feliz como el niño que siempre fue. Luego volvía suplicando que le pusiera nuevamente la cadena, yo lo ignoraba y seguía caminando para probar su obediencia, el caminaba a mi lado muy de cerca, era un magnífico animal. En esos paseos nunca atacó a nadie, de hecho jamás agredió a ningún gato, simplemente los correteaba y a la hora de tenerlos acorralados nada más los olfateaba curioso.

Que gran persona era Lucas, cordial, buen amigo, protector, alegre, jamás dejó de ir a buscar una pelota cuando se la tiraba lejos, incansable en ser una gran mascota. Me dio lecciones de humildad y gratitud. La única vez que mordió a alguien fue a una compañera que para qué estamos con cosas, bien merecido se lo tenía, por suerte el pobre no murió envenenado…

Escribo este homenaje cuando Luquitas se encamina a los once años humanos, algo así como los setenta y siete años perrunos. ¿Por qué lo escribo? El otro día viendo Soy Leyenda, la película donde el Will Smith está solo contra los zombies y su única compañía es su perra pastor alemán, automáticamente recordé a mi amigo y tantos buenos momentos que pasamos juntos. Aunque todavía no se muere, intuyo que le queda poco y noto que los años no pasan en vano: su oreja izquierda está caída, se enferma más a menudo, sin embargo su espíritu infantil se mantiene. Por lo mismo estas pocas líneas anticipadas se hacen pocas, cien páginas no alcanzarían para homenajear a quien es con creces una de las mejores personas que he conocido.


Corta Churros Perruno

julio 7, 2009

cocker

Por Carmen Gloria Vega

Un buen día, mis papás me llevaron a comprar un perrito… yo siempre quise un cocker spaniel… me gusta el coquito que tienen en la cabeza y su mirada, siempre pensé que eran tiernos… Cuando llegamos a la casa de la señora que estaba veniéndolos, me pareció tan tierna la imagen… todos corrían por todos lados, entre tres tiraban una frazada, otro se colgaba de las orejas de su mami perrita… y en un rincón, observándolo todo estaba “ella” un espécimen cockeriano muy tierno, me pareció que tenía “onda” así es que la elegí… le pusimos Bellota (porque en ese tiempo, grandecita ya, veía a Las Chicas Superpoderosas), cuando la subimos al auto… se desató, resultó que ya no era el dulce can del cual me había enamorado, era algo así como un demonio de tasmania, mi papá trataba de manejar mientras “la Bello” se le subía a la cabeza, mi mamá la tomaba pero ella mordía a destajo mientras yo observaba y me arrepentía de mi elección, pensaba que seguramente este canino tenía conocimientos de marketing porque vendió muy bien su imagen, pero en verdad, era el demonio hecho perro… mientras crecía, entre sus irreverentes performances estaba la de comerse un toldo del patio, “ampliar” su casa de perro, trepar por las ventanas y arrasar con todo lo que se le cruzara en la cocina de la casa, además, de manipularnos con su mirada de pena que juraba un “yo no fui”… pero, sin duda lo que más nos impresionaba de la Bello… eran sus mojones, eran de múltiples formas, desde sofisticados mojones largos en posición vertical como la Torre Pizza, otros bicolor que simulaban esculturas expresionistas de museo francés…. otros que emulaban los primeros intentos artísticos de nuestros antepasados prehistóricos, yo lograba atar cabos pensando “los grandes artistas suelen ser irreverentes y atrevidos en su forma de vida, la Bello debe ser así porque es el Dalí canino”, la veíamos crecer y nos preguntábamos qué tenía de especial su pequeño ano perruno ¿sería algo así como un decorador de torta? O ¿una máquina de fabricar churros?, en fin… era una artis-perra, admirábamos sus expresiones artísticas por lo que eran… sin buscarle muchas explicaciones, hasta que un día llevó a cabo su obra maestra, algo así como La Piedad de Miguel Ángel o la Mona Lisa de Leonardo Da Vinci… incursionó en el arte sacro… porque mientras estábamos en las típicas compras navideñas de último momento, Bellota entró a la casa, eligió el pesebre bajo el árbol de Navidad como su espacio de expresión y, para nuestra sorpresa, cuando regresamos a casa, en vez de niño Jesús en El Nacimiento, encontramos un sutil mojón entre la pajita, ahí terminamos de convencernos que nuestra mascota se manifestaba en contra de fiestas paganas y nos trataba de decir algo más… darnos un nuevo sentido a la navidad. Desde ese día, la Navidad tiene otro significado… gracias nuestra Artis-perra, conocida como: Bellota…


Caca de perro

abril 22, 2009

perro_caca

¿Quién se acuerda de la escena de Jurassik Park cuando la heroína (que era veterinaria de dinosaurios) revisaba una montaña de caca? La mina metía la mano (con una bolsa de plástico en ella) en la mierda y no sé como descubría la enfermedad que tenía la mamá Triceratops. Una imagen sublime y memorable para un pendejo de diez años como yo, me quedó grabada en la retina incluso más que la del Tiranosaurio Rex comiéndose al loco que estaba cagando mientras se escondía.

El mismo día que vimos la película con algunos amigos (en el cine Rex de Llo-Lleo) nos devolvimos caminando por la calzada o paseo que va en medio de Barros Luco (para algunos una plaza larga…), corriendo y pegándonos y cayéndonos. La cosa es que cuando me fui a dar una vuelta de carnero en el pasto, mi mano derecha se apoyó en una montañita de caca, no de dinosaurio sino que de perro… Pese a las dimensiones evidentemente más pequeñas de nuestros queridísimos kiltros respecto de las de un Ornitópodo, este zurullo se las traía y mi mano quedó hundida completamente, cubierta de una sustancia oscura y espesa que por lo fresca debía haber sido depositada no más de dos horas atrás.

Gracias a la envidiable impudicia de un menesteroso can, puedo decir con fundamento que cuando chico jugaba con caca.