Un miércoles cualquiera

diciembre 21, 2009

Estaba jugando con mi pene cuando sonó el teléfono. Era mi amigo Javier para que fuéramos a lo de Omar. La verdad es que no tenía mucho ánimo, ya que llevaba cuatro días sin cagar y estaba un poco triste. Pero que más da, veamos qué pasa –  me dije – y acepté la invitación. Cuando corté el teléfono, miré mi pene y había respondido, así que no pude desaprovechar esa oportunidad. Me masturbé,  me limpié con la polera y con el culo desnudo caminé al baño para darme una reponedora ducha. De cagar, nada.

Eran alrededor de las 21:00 hrs. cuando llegué a donde el bueno de Omar, compramos mucha cerveza y  algunas botellas de pisco. Creo que sólo tomé pisco (con Coca-Cola) y hablamos las mismas irrelevancias de siempre, nos reímos como siempre y nos tiramos pedos como siempre. Luego nos fuimos a un barzucho, no me acuerdo mucho del camino, sólo recuerdo que Omar eruptó muy fuerte dentro del taxi; un trueno, una explosión desde  lo más adentro de su ser. Del bar recuerdo menos.  Lo único que recuerdo con cierta nitidez es  que en un momento estaba solo y me pidieron que saliera del local, era la hora del cierre.  Al salir me sentí extremadamente mal, mi estómago reclamaba y sentía que todo daba vueltas. Me apoyé en una muralla y vomité, estoy seguro que más de lo que había tomado. Vomité y vomité. Quedé sin fuerzas. No podía mantenerme en pie, y a pesar de que intenté caminar hasta mi casa, no lo logré, así que tuve que dormir en un pequeño parque. Desperté con el sonido de los autos y con el intenso sol pegando en mi cara. Me di cuenta que me había cagado, parecía que tenía una tonelada de mierda en mis pantalones. Me levanté y esbocé una sonrisa de satisfacción… ¡Esta sí que es vida!

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