Enfoques II

marzo 7, 2011

Lo bueno de estar resfriado es la abundancia de mocos para escarbar.


Un casi encuentro

diciembre 26, 2010

El profesor hablaba y yo lo escuchaba a varios kilómetros de distancia desde mi sopor matutino. Faltaban unos minutos para que locura (Paola) tocara la campana a las 9.40 (no a las 9.30 porque los diez minutos de rezo/tortura no se perdonaban). Yo afirmaba mi cabeza para que no cayera como un zapallo en la mesa y acomodaba mi pene erecto para un lado u otro.

Por fin sonó la bendita campana, era la señal que indicaba el recreo y la hora de la merienda, los panes con mortadela de la tía Irma (que estuvo a punto de morir a manos de su hija Paola), una señorona chillona de albos mostachos, preparaba los alimentos con tanto amor…

Me levanté y me desperecé frotando mis cara soñolienta (imagino que frescas lagañas se adhirieron a mis dedos), comenzaba un nuevo día en mi adolescente e insignificante vida. Caminé tranquilo y despreocupado desde el fondo de la sala hacia la puerta y fue entonces que sentí algo helado, la brisa marina del puerto acariciándome ahí abajo. Bajé la vista y vi a mi glande que asomaba curioso fuera del prepucio como diciendo “qué hay de bueno?”, el muy pillo aprovechó que andaba con el cierre del pantalón abierto para averiguar por su cuenta de qué se estaba perdiendo.

Al levantar la mirada lo primero que ví fue a mi compañera, la de la cara/acné roja (en eso yo tampoco andaba mal) que me miraba directo a los ojos, por suerte no al OJO… Fue un alivio, bien por ella y mejor por mí, nos evitamos el viejo encantamiento del amor a primera vista: primer contacto visual entre un pene y una mujer que nada conocen el uno del otro más que en teoría.

Rápida y disimuladamente (ya imagino mis movimientos como de American Pie) guardé el chisme, me subí el cierre y seguí mi camino esquivando al pan de pascuas. La vida siguió su curso normal, el sol brillando allá arriba, mi pene y sus polusiones nocturnas, ella leyendo el Vilé…


Grande Loco Bielsa

noviembre 6, 2010

Bueno, volvimos a pasar del amor a la caca…


Terminé como abono

octubre 7, 2010

Vagaba absorto en la búsqueda de una respuesta: por qué rompió conmigo? Hice mi máximo esfuerzo mental, pero sólo conseguí acrecentar esa sensación de vacío… No me di cuenta en ese momento, pero la respuesta estaba ahí: fui su alimento, mis calorías la hicieron funcionar un tiempo y cuando se agotó la energía que pude brindarle, su metabolismo me expulsó cruelmente.

Lo peor es que ahora soy un desperdicio, mi único consuelo es ser fertilizante, un saco de guano…


Frustración

octubre 5, 2010

Fui a cagar y luego de, resulta que no había jabón… Por la chucha!!!


Primeros recuerdos

septiembre 22, 2010


La única vez que me cagué (la única desde que tengo memoria) fue como un sueño o lo recuerdo como si estuviera soñando: estaba en la casa de una tía y como necesitaba privacidad me fui al jardín. Las rosas eran más altas que yo, el refugio perfecto para que mi cuerpo se manifestara, un refugio de pasto y pétalos, más bien un infierno en el que permanecí escondido de la verguenza y la humillación, a mis tres años ya sabía que hacerce caca no estaba bien.
Después mi mamá me encontró y lo demás lo olvidé. Debe ser mi primer recuerdo.


Una gran persona

diciembre 17, 2009

Un día llegué a almorzar a mi casa del colegio, eran casi las dos de la tarde y el día estaba soleado. Me sorprendí al encontrar en la puerta un perro pequeñísimo, que apenas se movía y no emitía sonidos; si no fuera porque estaba sentado y tenía los ojos abiertos y tristes (había sido recién separado de su madre) hubiera pensado que estaba muerto. “Alguien vino a botar este perrito…”, me dije y entré a la casa sin darle muchas vueltas. En la mesa mi mamá me comunicó que el de la puerta era nuestra nueva mascota, un nuevo pastor alemán que ocuparía el lugar que dejó el viejo Toqui, muerto de cáncer (una muerte muy dolorosa que me tocó ver y sufrir) meses atrás.

La verdad no era 100% pastor alemán, algo de kiltro tenía, yo diría que entre un 15% y un 20%. Las primeras noches durmió dentro de la casa, y cuando ya estaba algo crecido debimos acostumbrarlo a quedarse en su lugar, el patio. Para qué les cuento las pataletas que hacía, gritaba y lloraba cada noche, esta raza es bastante escandalosa y destructiva en su juventud.

Un día mi mamá, en el estilo autoritario que la caracteriza y que hizo inevitable que mi lado rebelde se desarrollara, nos informó que el nombre del perrito era Lucas. Yo me opuse por encontrarlo mamón y además porque ya había decidido llamarlo Caco, dada su predilección a comerse cualquier cosa que saliera de su cuerpo.

Con el tiempo se fue haciendo parte importante de la familia y de los amigos, cada espécimen y energúmeno que pasó por la sala de ensayos de mi patio (la Tumbahouse) compartió y jugueteó con Lucas (finalmente terminé aceptando ese nombre). Cuando lo sacaba a pasear era muy difícil controlarlo al principio, tiraba de la cadena tan fuerte que casi me botaba al piso, yo respondía con fuertes tirones que me dolían en el alma, pero no había otra forma de educarlo, finalmente se comportaba y andaba a mi ritmo. En lugares más abiertos y con menos gente, como la playa o el trigal, le quitaba la cadena y él perseguía a olas y vacas por igual, ladrando y corriendo, feliz como el niño que siempre fue. Luego volvía suplicando que le pusiera nuevamente la cadena, yo lo ignoraba y seguía caminando para probar su obediencia, el caminaba a mi lado muy de cerca, era un magnífico animal. En esos paseos nunca atacó a nadie, de hecho jamás agredió a ningún gato, simplemente los correteaba y a la hora de tenerlos acorralados nada más los olfateaba curioso.

Que gran persona era Lucas, cordial, buen amigo, protector, alegre, jamás dejó de ir a buscar una pelota cuando se la tiraba lejos, incansable en ser una gran mascota. Me dio lecciones de humildad y gratitud. La única vez que mordió a alguien fue a una compañera que para qué estamos con cosas, bien merecido se lo tenía, por suerte el pobre no murió envenenado…

Escribo este homenaje cuando Luquitas se encamina a los once años humanos, algo así como los setenta y siete años perrunos. ¿Por qué lo escribo? El otro día viendo Soy Leyenda, la película donde el Will Smith está solo contra los zombies y su única compañía es su perra pastor alemán, automáticamente recordé a mi amigo y tantos buenos momentos que pasamos juntos. Aunque todavía no se muere, intuyo que le queda poco y noto que los años no pasan en vano: su oreja izquierda está caída, se enferma más a menudo, sin embargo su espíritu infantil se mantiene. Por lo mismo estas pocas líneas anticipadas se hacen pocas, cien páginas no alcanzarían para homenajear a quien es con creces una de las mejores personas que he conocido.