Un casi encuentro

diciembre 26, 2010

El profesor hablaba y yo lo escuchaba a varios kilómetros de distancia desde mi sopor matutino. Faltaban unos minutos para que locura (Paola) tocara la campana a las 9.40 (no a las 9.30 porque los diez minutos de rezo/tortura no se perdonaban). Yo afirmaba mi cabeza para que no cayera como un zapallo en la mesa y acomodaba mi pene erecto para un lado u otro.

Por fin sonó la bendita campana, era la señal que indicaba el recreo y la hora de la merienda, los panes con mortadela de la tía Irma (que estuvo a punto de morir a manos de su hija Paola), una señorona chillona de albos mostachos, preparaba los alimentos con tanto amor…

Me levanté y me desperecé frotando mis cara soñolienta (imagino que frescas lagañas se adhirieron a mis dedos), comenzaba un nuevo día en mi adolescente e insignificante vida. Caminé tranquilo y despreocupado desde el fondo de la sala hacia la puerta y fue entonces que sentí algo helado, la brisa marina del puerto acariciándome ahí abajo. Bajé la vista y vi a mi glande que asomaba curioso fuera del prepucio como diciendo “qué hay de bueno?”, el muy pillo aprovechó que andaba con el cierre del pantalón abierto para averiguar por su cuenta de qué se estaba perdiendo.

Al levantar la mirada lo primero que ví fue a mi compañera, la de la cara/acné roja (en eso yo tampoco andaba mal) que me miraba directo a los ojos, por suerte no al OJO… Fue un alivio, bien por ella y mejor por mí, nos evitamos el viejo encantamiento del amor a primera vista: primer contacto visual entre un pene y una mujer que nada conocen el uno del otro más que en teoría.

Rápida y disimuladamente (ya imagino mis movimientos como de American Pie) guardé el chisme, me subí el cierre y seguí mi camino esquivando al pan de pascuas. La vida siguió su curso normal, el sol brillando allá arriba, mi pene y sus polusiones nocturnas, ella leyendo el Vilé…

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